Viajar, mucho más que una pasión

Siempre tenía la misma discusión con una de mis tías. “No entiendo como los jóvenes de hoy en día no ahorráis para vuestro futuro y os gastáis el poco dinero que tenéis en viajar”, me decía. No supe explicárselo, quizás porque sabía que nunca llegaría a entenderlo. Ellos, con nuestra edad, no tuvieron la facilidad que tenemos los jóvenes de hoy  en conocer el mundo. Sus viajes eran en muchas ocasiones sinónimo de necesidad y los trayectos eran más un sacrificio que conllevaba el tener que desplazarse que el placer de contemplar bonitos paisajes. Antes, el viaje suponía un privilegio al que tenían acceso muy pocos, ahora es más que una forma de vida que cada vez compartimos más personas.

También tenía una compañera de piso que me repetía en muchas ocasiones que una de las cosas que más ansiedad le producía era saber que iba a morir sin haber conocido la mayoría de lugares de la Tierra. Hasta ese momento, no me lo había planteado, pero desde ese instante, esa conversación se convirtió en una preocupación más que compartir con ella.

Quizás por mi personalidad inquieta y algo aventurera o quizás por la necesidad continua de vivir experiencias nuevas, he preparado las maletas siempre que la agenda o la economía me lo han permitido. A mis 23 años creo conocer bien todas las comunidades autónomas que conforman el país que me tiene profundamente enamorada. Recuerdo cuando a los pocos años de nacer, mis padres me montaban en el coche cada verano para descubrir una ciudad nueva de España. Ciudades que me fueron dejando huella y a las que inevitablemente decidí volver cuando mi memoria me fue permitiendo recordarlas de forma más precisa. He traspasado sus fronteras en pocas ocasiones, pero siempre que lo he hecho he sentido la extraña sensación de ser una habitante más de las ciudades que me han acogido, como si todos formásemos parte de un gran país que espera impaciente ser descubierto.

Desde tiempos muy lejanos, el ser humano lleva desarrollando la necesidad de conocer lugares desconocidos, personas nuevas y culturas diferentes a la suya propia. Es una forma más de desarrollarse como persona, una forma más de enriquecernos interiormente e incluso de buscar una salida cuando un lugar comienza a asfixiarnos.

“Tita, en ocasiones, viajar se convierte en la única forma que tenemos de olvidar los tiempos difíciles en los que nos ha tocado vivir. No lo vemos como un gasto, sino como una inversión personal”, le contesté un día. No creo que entendiese mucho mejor mis argumentos pero al menos asimiló que mi forma de ser no me dejaría nunca entender los suyos. Viajar es para mí mucho más que una pasión. Es una extensión de mi personalidad, una decisión de cómo gastar, o mejor dicho, invertir mi tiempo.

 

“Nuestro destino de viaje nunca es un lugar,

sino una nueva forma de ver las cosas”

(Henry Miller)

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